domingo 9 de agosto de 2026
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El regreso nuclear que divide a Italia: los jóvenes apoyan a Meloni 40 años después de Chernóbil

Cuatro décadas después de que el desastre de Chernóbil sepultara el programa atómico italiano, el Gobierno de Giorgia Meloni impulsa una ley para recuperar la energía nuclear con pequeños reactores modulares. Una encuesta revela que el 55% de los italianos respalda la iniciativa, pero la brecha generacional, los costos millonarios y el fantasma de nuevos referéndums amenazan con frustrar el plan.

Cuatro décadas han pasado desde que la nube radiactiva de Chernóbil se extendiera por Europa y llevara a Italia a dar la espalda a la energía nuclear. Hoy, el Gobierno de Giorgia Meloni está decidido a revertir esa historia. En las próximas semanas, el Parlamento tiene previsto aprobar una ley que establecerá el marco jurídico para las tecnologías nucleares de nueva generación, un giro que situaría a Italia entre los países europeos que, como Francia y Polonia, apuestan por la energía atómica para garantizar su seguridad energética y cumplir con los objetivos climáticos.

Italia fue en su día uno de los pioneros nucleares de Europa. Cuatro reactores estuvieron en funcionamiento hasta que un referéndum celebrado en noviembre de 1987, en la estela del desastre de Chernóbil, puso fin de facto al programa atómico del país. Los dos últimos reactores, en Caorso y Trino Vercellese, se cerraron definitivamente en 1990. Un nuevo intento de resucitar la energía nuclear, impulsado por el entonces primer ministro Silvio Berlusconi, se vino abajo tras el desastre de Fukushima en 2011, cuando alrededor del 94% de los votantes rechazó los planes para construir nuevos reactores.

El Gobierno de Meloni confía en que esta vez el panorama sea diferente. La estrategia oficial se apoya en una nueva generación de italianos que no vivieron el accidente de 1986 y que asocian la energía nuclear con el progreso tecnológico, la electricidad baja en carbono y una herramienta para combatir el cambio climático. Una encuesta realizada en junio de 2026 por la firma Only Numbers reveló que alrededor del 55% de los italianos respalda las centrales nucleares de nueva generación. El apoyo, según Michele Governatori, asesor principal de energía del grupo de reflexión ECCO, es más visible entre los más jóvenes.

«Hay una generación que llegó justo después de Chernóbil y que sigue viendo la energía nuclear únicamente a la luz de aquel accidente», explicó a Associated Press Viviana Cruciani, responsable del desmantelamiento nuclear en la planta de Latina, gestionada por la empresa estatal Sogin. «Pero hay otra generación, mucho más joven, entusiasta de la energía nuclear, que incluso lamenta que el país no haya avanzado todavía hacia un retorno a esta tecnología».

El Ejecutivo de Meloni sostiene que el aumento de la demanda eléctrica —que, según el ministro de Medio Ambiente y Seguridad Energética, Gilberto Pichetto Fratin, podría crecer al menos un 30% en la próxima década—, los objetivos climáticos y las preocupaciones por la seguridad energética tras la invasión rusa de Ucrania justifican la reintroducción de la energía nuclear en el mix energético italiano.

En lugar de resucitar las grandes centrales del pasado, el Gobierno centra su atención en los pequeños reactores modulares, conocidos como SMR, y en otras tecnologías avanzadas que, según sus defensores, podrían ser más seguras, flexibles y rápidas de construir. «Hablamos de la tercera generación avanzada de energía nuclear, mucho más manejable en función de las necesidades y mucho más segura porque se trata de instalaciones de menor tamaño y con plazos de construcción muy cortos», señaló Pichetto Fratin. El ministro calculó que los primeros reactores de nueva generación podrían empezar a funcionar de forma realista entre 2033 y 2035.

Sin embargo, el regreso de la energía nuclear a Italia enfrenta obstáculos de magnitud. El primero es el costo. Las estimaciones del sector apuntan a que un único SMR de 300 megavatios podría costar entre 3.000 y 6.000 millones de euros, sin contar la infraestructura y los gastos de red. Governatori considera que el coste sigue siendo el punto más débil del planteamiento del Ejecutivo: «La energía nuclear que se está construyendo hoy en Europa tiene unos costes exorbitantes. Por un lado, los costes son altísimos y, por otro, los inversores privados huyen». El propio Pichetto Fratin admitió que la energía nuclear no es una solución a corto plazo para los elevados precios de la electricidad.

El segundo escollo es político y territorial. Italia sigue sin contar con un almacén nacional para los residuos nucleares existentes, muchos de los cuales permanecen en instalaciones temporales repartidas por el país. Cualquier futuro reactor o almacén de residuos se enfrentará previsiblemente a una fuerte oposición local. Las encuestas indican que el apoyo a la energía nuclear cae en picado cuando se pregunta a los ciudadanos si aceptarían un reactor cerca de su lugar de residencia: alrededor de seis de cada diez italianos se oponen a tener una central en su propia provincia.

El mayor desafío, quizás, sea el fantasma de un nuevo referéndum. Incluso si el Parlamento aprueba la ley, los opositores —entre ellos grupos ecologistas y partidos de izquierdas— podrían promover una consulta popular cuando se concreten los emplazamientos de los reactores y los planes de almacenamiento de residuos. «Cuando llega el momento de preguntarse de verdad dónde se construirá una central y cuánto costará, es probable que la opinión pública vuelva a volverse negativa», advirtió Governatori. No en vano, la historia nuclear de Italia se ha decidido repetidamente en las urnas, y no a través de una planificación industrial a largo plazo.

El proyecto de ley delegada sobre energía nuclear sostenible, aprobado por el Consejo de Ministros el 2 de octubre de 2025 e impulsado por Pichetto Fratin, recibió el visto bueno de la Cámara de Diputados el 4 de junio de 2026 con 155 votos a favor, 86 en contra y ocho abstenciones. El texto aguarda ahora el paso definitivo por el Senado. La ley no autoriza por sí misma la construcción de reactores, sino que otorga al Gobierno un mandato de doce meses para dictar los decretos de aplicación sobre licencias, normas de seguridad, gestión de residuos y ubicación de las instalaciones.

El debate llega en un momento crucial para Italia. La decisión de la Unión Europea de romper su alianza energética con Rusia ha dejado un vacío estructural que los planes actuales son incapaces de llenar. Mientras tanto, en la extensa central nuclear de Latina, al sur de Roma, los trabajadores con trajes y mascarillas de protección siguen desmantelando los restos de la primera era nuclear italiana. El contraste entre el pasado que se desmonta y el futuro que se proyecta resume la paradoja de un país que, cuarenta años después de Chernóbil, vuelve a mirar hacia el átomo.