La Agencia Espacial Europea acelera el estudio de reactores atómicos para impulsar naves más eficientes y sostener bases en la Luna, en un esfuerzo por independizarse de Estados Unidos y Rusia.
La Agencia Espacial Europea ha intensificado en los últimos meses sus investigaciones sobre el uso de energía nuclear para propulsar naves espaciales y sostener operaciones prolongadas lejos del Sol. El objetivo es superar las limitaciones de los combustibles químicos tradicionales y de los paneles solares, que pierden eficacia a medida que las misiones se alejan de la Tierra y no permiten viajes más rápidos ni una presencia estable en la Luna o Marte.
Durante décadas, las naves europeas han dependido de carburantes químicos o de la energía solar. Ambos sistemas imponen restricciones claras: la cantidad de combustible que se puede transportar es limitada y los paneles solares resultan insuficientes en la oscuridad de la noche lunar, que dura unos catorce días terrestres, o en destinos más lejanos del sistema solar. La solución que ahora se examina con mayor detalle consiste en instalar pequeños reactores de fisión que generen electricidad para alimentar motores eléctricos de alta eficiencia. Estos sistemas, conocidos como propulsión nuclear eléctrica, permitirían viajes más cortos, naves con mayor capacidad de carga y una fuente de energía continua tanto para el desplazamiento como para instalaciones fijas en la superficie lunar o marciana.
El camino comenzó con un estudio de propulsión nuclear térmica, el proyecto Alumni, completado hace más de un año con la participación de empresas francesas como ArianeGroup y Framatome Space. En aquel diseño, un reactor calentaba hidrógeno que luego se expulsaba por las toberas para generar empuje. Los resultados mostraron que el tiempo de viaje a Marte, actualmente de unos nueve meses, podría reducirse de forma significativa y que las naves podrían transportar cargas más pesadas. Ese enfoque evolucionó hacia la propulsión nuclear eléctrica. En marzo de este año la ESA presentó los resultados del estudio Rocketroll, en el que tres consorcios europeos —liderados por la belga Tractebel, el CNRS francés y OHB Czech Space— analizaron distintos diseños de reactores capaces de producir desde unos cientos de kilovatios hasta varios megavatios. El umbral a partir del cual la opción nuclear supera a la solar se sitúa, según los expertos de la agencia, en torno a los 100 kilovatios.
Además de la propulsión, estos reactores podrían constituir la base de un sistema energético permanente en la Luna. Durante las largas noches lunares los paneles solares no generan electricidad y las baterías resultarán insuficientes para mantener comunicaciones, robots, laboratorios o eventuales hábitats. Un reactor nuclear de pequeño tamaño ofrecería la energía continua necesaria sin depender del Sol.
La seguridad ocupa un lugar central en todos los diseños. Los reactores se mantendrían inactivos durante el lanzamiento y solo se activarían una vez la nave se encuentre en una órbita segura. De este modo, en caso de accidente en el despegue, el combustible nuclear no se dispersaría. El uranio utilizado permanecería en estado no irradiado hasta ese momento, lo que reduce de forma notable los riesgos.
Europa busca también independizarse de proveedores externos. Hasta ahora, el plutonio-238 necesario para las “baterías nucleares” que alimentan sondas y vehículos en misiones de larga duración se obtenía casi exclusivamente de Estados Unidos o Rusia. Este verano la ESA anunció avances en el proyecto Endure, impulsado por Tractebel con apoyo del centro de investigación nuclear belga SCK CEN. El estudio confirmó que es posible establecer una cadena de suministro europea completa a partir de neptunio-237 disponible en el continente y utilizando reactores de investigación ya existentes en Bélgica y Francia. El programa ENDURE contempla además el desarrollo de sistemas basados en americio-241, un isótopo más abundante en Europa, que se probará en la misión Rosalind Franklin a Marte.
Los estudios se enmarcan en la estrategia de largo plazo de la ESA hacia 2040 y apuntan a misiones que hoy resultan inviables con la tecnología convencional: exploración más allá de Marte, presencia sostenida en la Luna y, más adelante, el envío de cargas pesadas o tripulaciones al planeta rojo. Aunque el desarrollo completo de un demostrador operativo llevará años —los planes actuales hablan de pruebas de hardware a escala reducida y, eventualmente, de un vuelo de demostración hacia 2035—, los primeros pasos ya están dados. Europa no solo estudia cómo llegar más lejos y más rápido, sino cómo hacerlo con tecnología propia.
