La Agencia Internacional de Energía Atómica elevó por sexto año consecutivo sus proyecciones y prevé que la capacidad instalada podría trepar hasta los 1.284 gigavatios, impulsada por la demanda eléctrica creciente y el auge de los reactores modulares pequeños
Viena se convirtió una vez más en el escenario desde donde el mundo mide el pulso de la energía nuclear. En el marco de la septuagésima Conferencia General del Organismo Internacional de Energía Atómica, la agencia presentó su informe anual de estimaciones eléctricas y nucleares extendido, por primera vez, hasta el horizonte de 2060. El documento confirma una tendencia que se consolida desde 2021: la confianza en el átomo como fuente de electricidad limpia y estable no deja de crecer.
Según el escenario más optimista, la capacidad nucleoeléctrica mundial podría escalar desde los 377,1 gigavatios que registró al cierre de 2025 hasta los 1.284 gigavatios dentro de tres décadas y media, lo que implicaría multiplicar por 3,4 el parque actual. Incluso en el escenario conservador, que supone la continuidad de las políticas vigentes sin grandes impulsos normativos, la cifra alcanzaría los 696 gigavatios, prácticamente el doble de la potencia instalada hoy. Rafael Mariano Grossi, director general del organismo, no ocultó su convicción al señalar que la energía nuclear se ha vuelto indispensable para garantizar un suministro eléctrico limpio, confiable y sostenible, especialmente en un contexto donde la demanda global de electricidad crece más rápido que la oferta de fuentes bajas en emisiones.
El año 2025 dejó una paradoja que ilustra esa carrera contrarreloj. La generación nuclear alcanzó los 2.689,1 teravatios-hora, un incremento del 1,1 % respecto al año anterior, pero la producción eléctrica total mundial creció al 2,7 %. Como resultado, la participación nuclear en la matriz global se contrajo levemente, del 8,7 % al 8,4 %. Es una señal de alerta: el sector debe acelerar el paso si quiere mantener o ampliar su relevancia frente a una demanda que no detiene su avance.
El informe dibuja un mapa de renovación en marcha. A fines de 2025 operaban 413 reactores en todo el planeta, mientras que 72 unidades adicionales —con una potencia conjunta de 77,2 gigavatios— estaban en construcción. Durante el último año se conectaron tres nuevos reactores a la red, sumaron tres gigavatios de capacidad fresca, y comenzaron a edificarse otros doce, que aportarán 14,3 gigavatios en el futuro. Sin embargo, siete reactores también fueron retirados del servicio, con una pérdida de 2,8 gigavatios. La cuenta neta evidencia que el crecimiento dependerá no solo de levantar nuevas centrales, sino de cuidar las que ya existen.
Y es que el parque nuclear mundial envejece. Dos de cada tres reactores llevan más de tres décadas en operación y cerca de la mitad supera los cuarenta años de servicio. En el escenario de mayor expansión, aproximadamente un tercio de la capacidad actual se retiraría antes de 2060, mientras que en el escenario conservador esa proporción treparía a casi dos tercios. Por eso, extender la vida útil de los reactores existentes, modernizar sus sistemas y reacondicionar equipos se convierte en una estrategia tan decisiva como la construcción de nuevas unidades. De lo contrario, el cierre de centrales veteranas podría anular buena parte del esfuerzo expansivo.
En ese tablero, los reactores modulares pequeños aparecen como la gran novedad. En el escenario de alto crecimiento, estos equipos de menor tamaño y mayor flexibilidad representarían el 28 % de toda la capacidad nuclear nueva instalada hasta 2060, mientras que en el escenario bajo alcanzarían el 23 %. Su peso variará según la región: en América del Norte podrían aportar alrededor del 60 % de las incorporaciones futuras, y en América Latina y el Caribe cerca del 40 %. Europa del Norte, Occidental y Meridional, en cambio, apostaría por una participación más modesta, entre el 10 % y el 15 %, según el escenario. La región que concentrará la mayor expansión será la integrada por Europa Central y Oriental junto con Asia Central y Oriental, donde la potencia nuclear podría saltar de los 114 gigavatios actuales a 407 gigavatios en el horizonte más ambicioso.
Transformar esas cifras en realidad no será automático. El organismo de las Naciones Unidas advierte que se necesitarán políticas energéticas claras, flujos de financiamiento sostenidos, cadenas de suministro robustas y, sobre todo, mano de obra calificada en cantidad suficiente. La armonización regulatoria entre países será clave para que los reactores modulares pequeños puedan desplegarse sin demoras administrativas que encarezcan los proyectos. En ese sentido, el retorno del Banco Mundial al financiamiento de proyectos nucleares en 2025, después de décadas de ausencia, y el ajuste de la política energética del Banco Asiático de Desarrollo para permitir el apoyo a centrales atómicas, se leen como señales alentadoras para una industria que reclama certidumbre.
Más allá de las proyecciones oficiales del organismo, otros actores del sector miran aún más lejos. La World Nuclear Association, en su informe de perspectivas, estima que si se cumplen las metas nacionales y se mantienen en operación las centrales existentes, la capacidad global podría alcanzar los 1.457 gigavatios para 2050, una cifra que supera incluso el escenario más optimista de la agencia de la ONU, aunque metodológicamente no comparable. Lo cierto es que, tras años de cautela posterior al accidente de Fukushima, el átomo vuelve a ocupar un lugar central en las agendas energéticas. El desafío ahora es que los anuncios de los gobiernos se traduzcan en hormigón, acero y electrones antes de que el reloj del cambio climático marque el final del tiempo reglamentario.











