por Zirconio.ar
Zirconio.ar es una publicación web argentina que analiza los desafíos energéticos de nuestro tiempo con evidencia, contexto y perspectiva de largo plazo, poniendo el foco en la energía nuclear, la minería y la geopolítica.
El uranio volvió al centro de la geopolítica mundial. Tras el accidente de Fukushima en 2011, los precios del mineral se desplomaron. Hoy, más de una década después, nuevamente el uranio se convierte en el protagonista de la disputa energética internacional. Esta tendencia se refleja en el renovado interés de empresas tecnológicas y de varios países por asegurarse el acceso a la energía nucleoeléctrica. Un ejemplo claro es Microsoft, que impulsa la reactivación de la central de Three Mile Island en Pensilvania, Estados Unidos. Por su parte, China está en camino a construir 150 nuevos reactores nucleares en las próximas décadas. El resultado será un escenario de demanda creciente de uranio hacia 2040.
No obstante, se prevé que la producción de las minas existentes se reduzca a la mitad para el 2030, según la Asociación Nuclear Mundial (WNA). Esto generará una necesidad apremiante de desarrollar nuevas minas de uranio y reactivar las que hoy permanecen inactivas. Pero cabe considerar que el desarrollo de nuevos proyectos uraníferos puede demandar entre 10 y 20 años, además de requerir inversiones de miles de millones de dólares.
Un informe reciente de la WNA plantea tres trayectorias posibles para la demanda futura de uranio:
En el escenario de referencia —basado en los objetivos actuales de gobiernos y empresas—, la demanda alcanzaría algo más de 150.000 toneladas de uranio hacia 2040.
El escenario alto, que asume un contexto más favorable para la expansión nuclear, supera las 204.000 toneladas.
El bajo, condicionado por retrasos o políticas restrictivas, se limita a unas 107.000 toneladas.
Si bien el informe afirma que es posible cubrir la demanda futura, advierte que solo será posible si la producción del mineral se incrementa a tiempo.
Del yacimiento al reactor: el ciclo del uranio
El camino del uranio tiene cuatro etapas principales: exploración y extracción del mineral, concentración para obtener yellowcake—un polvo amarillo que es el primer producto comercial del proceso—, conversión química para transformar el yellowcake en un gas llamado hexafluoruro de uranio y, finalmente, enriquecimiento para alcanzar el grado requerido por los reactores. Cualquier interrupción en alguna de estas etapas repercute en toda la cadena del ciclo.
Cada etapa involucra no sólo a los Estados —custodios de las reservas uraníferas y la seguridad energética—, sino también a un número reducido de empresas públicas y privadas que dominan las actividades clave dentro del ciclo. Entre ellas, el enriquecimiento, la etapa más crítica desde el punto de vista tecnológico y de seguridad.
El resultado es una cadena de suministro frágil, con escasa redundancia. Una decisión política, un accidente o una crisis económica en cualquiera de estos eslabones repercute de forma inmediata en todo el sistema, y deja en situación de dependencia crítica a quienes necesitan combustible para sus reactores.
¿Qué es el enriquecimiento de uranio?
El uranio natural extraído de las minas está compuesto principalmente por dos isótopos: el uranio-238 (U-238) y el uranio-235 (U-235). Este último es el isótopo fisible, es decir, capaz de sostener una reacción nuclear en cadena, pero representa solo el 0,7% del uranio natural extraído en las minas. Para que un reactor funcione, esa proporción debe aumentarse hasta un 3-5%. Es decir, el uranio debe ser enriquecido en U-235.
La tecnología utilizada actualmente para el enriquecimiento es la centrifugación, que requiere miles de centrifugadoras organizadas en cascadas sucesivas para separar los isótopos aprovechando su diferencia de masa. Esta tecnología es tan compleja y costosa que sólo unos pocos países la dominan. Además, la misma tecnología de centrifugación que produce uranio de bajo enriquecimiento (LEU) para reactores civiles podría, en teoría, utilizarse para alcanzar niveles de enriquecimiento aptos para usos no civiles. Esta dualidad tecnológica —conocida como dual use— es la razón por la que el enriquecimiento está sujeto a estrictos controles internacionales.
De esta manera, los países con capacidad para enriquecer uranio ocupan una posición determinante en la cadena de suministro del combustible nuclear. Contar con reservas de mineral no siempre garantiza un aprovechamiento estratégico; en cambio, disponer de la tecnología necesaria para su enriquecimiento sí. Transitar ese camino requiere grandes inversiones y procesos tecnológicos de alta complejidad que pueden llevar décadas.
El mapa mundial se divide, así, en tres grupos: quienes poseen uranio, quienes dominan la tecnología para enriquecerlo y quienes no poseen el mineral ni dominan la tecnología, pero necesitan ambos para producir energía.
La oferta: quienes poseen el mineral
Las mayores reservas de uranio están en Australia, Kazajistán, Canadá, Namibia, Rusia, Níger, Sudáfrica, China, Brasil y Mongolia. Ahora bien, poseer uranio no es equivalente a producirlo. Australia tiene la reserva más grande del mundo —en parte gracias a la mina Olympic Dam—, pero aporta solo el 9% de la producción mundial y no genera energía nuclear en su territorio. Conflictos con pueblos originarios y restricciones políticas limitan su explotación. Níger, por su parte, posee enormes reservas, pero la inestabilidad política y el golpe de Estado del año 2023 desestabilizaron su producción.
De esto resulta que casi el 80% de la producción mundial de uranio se concentra en tan sólo cuatro países: Kazajistán, que por sí solo produce el 43% del uranio mundial (más que los tres países siguientes juntos); Canadá, que aporta el 15%, principalmente de depósitos de gran calidad en la Cuenca de Athabasca; Namibia, que aporta el 11%, proveniente de operaciones masivas a cielo abierto en el Desierto del Namib; y Australia que, como se dijo, a pesar de poseer el 28% de todas las reservas mundiales de uranio, aporta sólo el 9%. El 22% restante se reparte en su mayoría entre Uzbekistán, Rusia, China, Níger, India y Sudáfrica.
La demanda: quienes lo necesitan
Este oligopolio de reservas y producción uranífera configura de manera compleja las relaciones comerciales entre los países interesados. Aquellos que cuentan con numerosas centrales nucleares requieren enormes cantidades de uranio que, por lo general, no poseen. Como consecuencia, deben negociar con aquellos países productores.
Entre los países que más uranio demandan, encontramos a Estados Unidos, que opera la flota de centrales nucleares más grande del mundo, tiene 93 reactores que consumen unas 20.000 toneladas de uranio al año. Si bien la producción doméstica creció significativamente en 2024, apenas cubrió el 8% de la demanda anual2. El resto provino del exterior, principalmente de Canadá, Kazajistán y Australia, según el informe de comercialización de uranio de la Administración de Información Energética de EE.UU del año 2025.
Al otro lado del mundo, China tiene 61 reactores operativos, 38 en construcción y 150 más planeados para el 2035. Actualmente, sólo produce ≈1.500 toneladas al año de las ≈13.000 que demanda; pero se estima que, con esa proyección de reactores, la demanda de uranio alcanzará las 40.000 toneladas anuales.
La solución que encontró el país oriental fue participar en proyectos mineros en Namibia, Níger y Kazajistán, además de asegurar acuerdos de importación a largo plazo con Rusia y Uzbekistán. En 2024, adquirió en Kazajistán participaciones en proyectos uraníferos que antes pertenecían a Rosatom, consolidándose como el mayor actor económico en minería de uranio en ese país. En Namibia, la mina Husab es operada por capitales chinos y produce cerca del 7% del uranio mundial. Se trata de un enfoque sistemático para asegurar los recursos, no sólo comprando uranio, sino también interviniendo estratégicamente en las minas que lo producen. A diferencia del mundo occidental, tiene la capacidad de reducir los costos y tiempo de producción del uranio3.
En Europa, Francia posee 57 reactores operativos y una matriz energética que depende en un 70% de la energía nuclear. Sus centrales operan a razón de ≈8.000 toneladas de uranio al año, pero el país ya no tiene minas activas en su territorio, lo que lo obliga a disponer del 100% del mineral en el extranjero. Durante décadas, Francia controló sus fuentes a través de sus antiguas colonias africanas en Níger y, antes, Gabón. Tras el colapso de la influencia francesa en esos países, ese esquema se debilita cada vez más. En la actualidad, busca diversificar su abastecimiento hacia Kazajistán, Canadá y Namibia.
Este desajuste entre oferta y demanda requiere negociaciones complejas entre países con intereses que no siempre están alineados.
Pero el tema no termina acá. A este complejo entramado de acuerdos, condiciones geográficas y proyecciones, se debe incluir al mundo corporativo, aquel puñado de empresas que controlan no sólo el mercado del uranio, sino las diferentes etapas del ciclo del uranio.
Control corporativo: producir y enriquecer
Si hablamos de las empresas que participan en el mercado de producción de uranio, la concentración recae en cinco grandes compañías.
La lista la lidera Kazatomprom con el 21% de la participación en la extracción mundial del uranio, una empresa pública de Kazajistan que controla la segunda reserva más grande del mundo. Sus decisiones y fluctuaciones afectan automáticamente al mercado.
En segundo lugar está Cameco con el 17% de participación, una empresa canadiense y la única dedicada exclusivamente al uranio que cotiza en bolsa en Occidente. Controla los yacimientos más ricos de la Cuenca de Athabasca, donde la roca extraída contiene entre un 15 y un 20% de uranio, frente al 0,1% del promedio mundial. Durante el último periodo, las acciones de Cameco se multiplicaron por 20.
Por su parte, Orano, la empresa francesa, es quizás la empresa más integrada que opera en todas las etapas del ciclo en Occidente: hace minería en Canadá, Níger y Kazajistán; conversión y enriquecimiento en Francia; y participa en la fabricación de elementos combustibles y en la gestión de desechos radiactivos. Es una de las pocas empresas capaces de extraer uranio para fabricar conjuntos combustibles terminados. En el año 2024, representó alrededor del 11% de la producción mundial de uranio.
Del lado oriental están la Corporación Nuclear Nacional de China (CNNC) y la Corporación Estatal de Energía Nuclear de Rusia, Rosatom. La primera, de propiedad pública, gestiona todo el ecosistema nuclear chino: reactores, enriquecimiento y fabricación de combustible. Su filial internacional, CGN, es la entidad que compra sistemáticamente activos de uranio en África y Asia Central. Por su parte, Rosatom, al igual que Orano, controla el ciclo completo, pero es de propiedad y gestión totalmente estatal. Cada una aporta un 10% de la producción mundial de uranio.
En cuanto al enriquecimiento, la etapa más sensible del ciclo del combustible nuclear, son cuatro las empresas que dominan el proceso a nivel mundial:
Rosatom (Rusia, estatal): 38%
CNNC (China, estatal): 20%
Orano (Francia, mixta público-privada): 15%
Urenco Group (consorcio británico-alemán-neerlandés): 12%
Esto nos lleva al punto cúlmine de la cuestión. Entre China y Rusia concentran casi el 60% del enriquecimiento de uranio. Para los países occidentales que dependen de esos servicios, esta concentración plantea un desafío concreto de suministro.
La “dependencia” de Occidente
Estas tensiones entre proveedores y consumidores ya se manifiestan en medidas concretas. En 2024, Estados Unidos promulgó la Ley para la Prohibición de las Importaciones de Uranio Ruso, que restringe gradualmente la compra de uranio enriquecido de origen ruso, con excepciones puntuales hasta 2028. Meses después, Rusia restringió temporalmente sus exportaciones de uranio enriquecido a ese país.
Esto expone una vulnerabilidad estructural en la cadena de suministro nuclear estadounidense. A pesar de haber incrementado su producción doméstica en los últimos años, sus capacidades actuales no alcanzan para sostener de manera autónoma su cadena de suministro nuclear. En un contexto de crecientes tensiones comerciales con China y Rusia, esa limitación adquiere una dimensión estratégica.
En Europa, la dependencia con Rusia excede el uranio. Muchas centrales del este europeo utilizan ingeniería rusa y sólo pueden operar con elementos combustibles de diseño de ese país, lo que dificulta una transición hacia proveedores alternativos en el corto plazo. Como consecuencia, Europa no puede prescindir del combustible nuclear ruso.
En el panorama general, lo más preocupante es el pronóstico de agotamiento de las minas de uranio actuales de cara a las próximas dos décadas. Este escenario complica todavía más a aquellos países que importan la mayor parte del mineral. De ahí el interés en nuevos territorios con reservas sin explotar, una mayor influencia sobre los proveedores actuales y la reactivación de yacimientos y plantas de enriquecimiento que cerraron en décadas pasadas.
Riesgo de déficit
Más de 100 reactores planeados en China y un interés mundial creciente por los reactores modulares pequeños (SMR) anticipan un aumento significativo de la demanda de uranio. Este panorama configura un escenario global de alerta en torno a la disponibilidad futura de uranio. La pregunta es si habrá mineral suficiente para abastecerlos. La respuesta no es obvia. El ciclo de producción del uranio puede demorar décadas, y muchos proyectos mineros que habrían asegurado el abastecimiento proyectado fueron abandonados tras el accidente de Fukushima. La exploración que debió haberse realizado en la década de 2010, por ejemplo, se frenó por la caída abrupta de los precios. Es decir, un ciclo entero de inversión, exploración y desarrollo quedó detenido.
En términos geopolíticos, Occidente atraviesa una situación atendible, especialmente en el caso de Estados Unidos y Francia. Para mantener activa su industria nuclear, ambos países dependen casi exclusivamente de recursos de países, donde, en su mayoría, la presencia comercial rusa y china es cada vez mayor. Un intrincado ajedrez de países se pone en movimiento en búsqueda de aliados, recursos, autoabastecimiento y la influencia sobre territorios de interés. La competencia por asegurar fuentes estables de suministro, desarrollar capacidades locales y participar de la cadena de valor será uno de los ejes de la agenda geopolítica de este siglo.
«La geopolítica del uranio» (Zirconio, 2026). Disponible en https://zirconio.ar/el-mapa-geopolitico-del-uranio/











