La estatal rusa informó que negocia acuerdos para ampliar su presencia en la región. Bolivia ya opera las primeras instalaciones de un centro de tecnología nuclear en El Alto, mientras Ecuador, Brasil y Argentina aparecen en el radar para futuros reactores y suministro de combustible. El Kremlin combina energía, medicina y educación como parte de su estrategia de poder blando.
Moscú confirmó que la Corporación Estatal de Energía Atómica, Rosatom, prevé cerrar “próximamente” nuevos proyectos nucleares en América Latina. La vocera Vera Upírova detalló que la empresa ya construye un Centro de Investigación y Desarrollo de Tecnología Nuclear (CIDTN) en El Alto, Bolivia, y mantiene conversaciones para avanzar con iniciativas energéticas en otros países de la región.
El complejo boliviano, uno de los mayores emprendimientos de Rosatom en el continente, entró en operación de prueba en agosto de 2023 y estará plenamente operativo en 2025. Incluye un Complejo Ciclotrón-Radiofarmacia y Preclínica que permitirá producir radiofármacos para más de 5.000 pacientes al año y ya logró obtener tecnecio, un isótopo que por dificultades tecnológicas solo se fabrica en pocos países. Además, el Centro de Irradiación Polivalente puede tratar más de 70 toneladas de productos agrícolas por día y esterilizar insumos médicos.
Rosatom remarcó que su vínculo con América Latina no se limita a la construcción. La compañía suministra isótopos y combustible nuclear a varios países y promueve acuerdos educativos con Perú, Colombia y otros estados para formar médicos y operadores en Rusia. Los estudiantes aprenden ruso porque es requisito para operar las instalaciones que la firma instala.
La expansión tiene varios frentes. En Ecuador, el embajador ruso Vladimir Sprinchan reconoció en mayo de 2025 el interés de Moscú en asistir al país para desarrollar energía nuclear, luego de que el gobierno de Daniel Noboa anunciara un proyecto de ley para regular el sector ante la crisis de la matriz hidroeléctrica. En Brasil, Rosatom impulsa una iniciativa conjunta para desarrollar pequeños reactores modulares (SMR) que podrían abastecer zonas remotas, bases militares o industrias, y que también sirven para producir hidrógeno o desalinizar agua. El país sudamericano resulta clave por sus reservas de uranio y litio, minerales estratégicos para el programa atómico.
Argentina también figura en los planes. Iván Dybov, presidente de Rosatom para América Latina, aseguró que la corporación tiene “potencial enorme” para cooperar en centrales de alta potencia o SMR, y recordó que ya provee productos isotópicos cuando los reactores de investigación locales entran en mantenimiento. La empresa, que construye 35 centrales en el mundo, apuesta a localizar mano de obra e industria en cada país donde desembarca.
El avance de Rosatom se inserta en una estrategia más amplia. La energía atómica se convirtió en herramienta de poder blando del Kremlin para estrechar lazos con Irán, Vietnam, Egipto, Kazajistán, Uzbekistán y China, donde gestiona plantas que generan dependencia energética. En la región, Bolivia firmó además un convenio con la subsidiaria Uranium One Group para una planta piloto de carbonato de litio en el Salar de Uyuni, con inversión inicial de 100 millones de dólares.
Analistas citados por el Center for the Study of Democracy advierten que estos acuerdos tienen alto valor político. En Venezuela, Rusia sostiene empresas mixtas petroleras bajo sanciones; en Brasil incide por la provisión de fertilizantes; y en Panamá por el uso de hubs financieros. Para Rosatom, cada reactor o centro de medicina nuclear implica contratos de largo plazo, formación de cuadros técnicos y un vínculo que excede lo comercial. Mientras América Latina busca diversificar su matriz energética y acceder a tecnología médica, Moscú ofrece financiamiento, transferencia y un idioma.
