María Javiera Valenzuela, alumna de tercero medio en Santiago, presentó en la Feria Antártica Escolar una microrred que combina paneles solares, turbinas eólicas y un microrreactor nuclear de cuarta generación. Según sus propios cálculos, la propuesta podría evitar cerca de 2.952 toneladas de dióxido de carbono al año en una base de gran tamaño, aunque se trata todavía de un proyecto conceptual sin aplicación real.
Suministrar energía en la Antártida es uno de los problemas logísticos más persistentes de la investigación científica en el continente blanco. La mayoría de las bases dependen de generadores diésel para calefacción, electricidad y operación de equipos, porque es la única fuente capaz de garantizar suministro continuo durante todo el año. El problema es que transportar combustible hasta ese punto del planeta resulta costoso y complejo, y su combustión libera dióxido de carbono y carbono negro, un contaminante que se deposita sobre la nieve y acelera el derretimiento de glaciares. Las energías solar y eólica ya se usan en algunas estaciones, pero por sí solas no alcanzan para cubrir la demanda durante los largos meses de oscuridad polar ni ante condiciones climáticas tan variables.
Frente a ese escenario, la estudiante del Liceo Experimental Manuel de Salas, en Santiago, ideó una microrred que integra generación solar y eólica con un microrreactor nuclear de cuarta generación que usa combustible tipo TRISO. La lógica del diseño es que las fuentes renovables aporten energía cuando las condiciones de sol y viento lo permitan, mientras el microrreactor funciona como respaldo constante durante los períodos de baja generación, cubriendo lo que en el sector se conoce como carga base. Este tipo de reactores compactos, según describe el Organismo Internacional de Energía Atómica, están pensados justamente para entregar cantidades moderadas de electricidad de forma sostenida en zonas remotas sin conexión a redes eléctricas convencionales, con necesidades de recarga poco frecuentes.
De acuerdo con el modelo que desarrolló Valenzuela, reemplazar un sistema a diésel por esta microrred híbrida permitiría evitar aproximadamente 2.952 toneladas de dióxido de carbono al año, tomando como referencia una base de gran tamaño. La joven remarcó que la alternativa, además del beneficio ambiental, resultaría económicamente comparable al diésel en un horizonte de entre 20 y 30 años. Algunos medios internacionales que retomaron su proyecto citaron una cifra algo mayor, cercana a las 3.200 toneladas anuales, aunque en ambos casos se trata de estimaciones surgidas del propio modelo de la estudiante y no de una evaluación independiente.
El proyecto fue presentado en la Feria Antártica Escolar (FAE), la instancia que organiza cada año el Instituto Antártico Chileno para que estudiantes de todo el país propongan investigaciones y soluciones tecnológicas vinculadas al continente antártico. Se trata, por ahora, de una propuesta conceptual: para convertirse en una instalación real debería sortear obstáculos legales, técnicos y ambientales de peso. Cualquier uso de tecnología nuclear en la Antártida está sujeto al Tratado Antártico y a su Protocolo de Protección Ambiental, que exigen evaluaciones de impacto antes de autorizar nuevas actividades y prohíben explosiones nucleares y la disposición de residuos radiactivos en el continente. A eso se suman los desafíos de trasladar los componentes de un reactor hasta un territorio de acceso extremadamente difícil, garantizar su funcionamiento seguro en condiciones de frío extremo, gestionar los desechos radiactivos y contar con planes de respuesta ante emergencias.
La incursión de Valenzuela en la ingeniería nuclear no es un hecho aislado. Su acercamiento a las disciplinas STEM comenzó en primero medio, a partir de una invitación del programa Niñas Pro que llegó al correo electrónico de su madre. Desde entonces acumuló 14 certificaciones en cursos, hackatones y competencias científicas, y este año obtuvo el primer lugar en la categoría principiante del NASA Space Apps Challenge 2025 junto a su equipo, Stellar Minds. También fue una de las 16 estudiantes seleccionadas para el programa de talentos Atom ZOOM, de la Comisión Chilena de Energía Nuclear, y participó del Bootcamp Internacional de Ingeniería Nuclear 2026. Según contó, es la única alumna de su colegio abocada a esta área, por lo que usa sus redes sociales para difundir contenido científico y busca inspirar a otras jóvenes a acercarse a carreras tecnológicas y ambientales.
La idea de instalar energía nuclear en la Antártida no es nueva: entre comienzos de la década de 1960 y 1972 funcionó en la base estadounidense de McMurdo el reactor PM-3A, el único que operó en el continente hasta la fecha. Aquella experiencia terminó en un desmantelamiento anticipado por sus problemas de fiabilidad y sus altos costos de mantenimiento, y desde entonces esa base volvió a depender de generadores diésel. Ese antecedente histórico es justamente parte del desafío que enfrenta cualquier propuesta como la de Valenzuela: demostrar que la tecnología actual, más compacta y varias décadas más avanzada, puede sortear los mismos obstáculos que hicieron fracasar el primer intento.











